AZORÍN. VIAJES VIVIDOS Y NARRADOS
AZORÍN. LIVED AND TOLD TRIPS

París, La Mancha, Albacete, Nueva York, 2005-2008.

Serie de 68 fotografías. Medidas: desde 20×40 hasta 50×75 cm. (Aquí, una selección de 30 fotografías.)
Series of 68 pictures. Dimensions: from 20×40 to 50×75 cm. (Here, a selection of 30 pictures.)

París, octubre de 1936. Tras el estallido de la guerra en España, José Martínez Ruiz ‘Azorín’ y su esposa, Julia Guinda, se trasladan a la capital francesa en la que fue la estancia más dilatada del escritor fuera de su país. Acabada la guerra, se permite el regreso de ambos, lo que supuso el fin de un exilio que se prolongó hasta agosto de 1939. Azorín nunca volvió a salir de España, reduciéndose a su imaginación, que encontró en la última etapa de su vida un fiel soporte en el cine, las visiones de otros destinos tan lejanos de aquel del que él no podía prescindir.

Setenta años después, yo, a orillas del Sena, en busca de la ciudad que usted no quería mirar por la nostalgia de un alrededor tan lejos entonces. Hoy es agosto y hace un frío que insiste en llamarse verano, pero el recuerdo del calor que preside los meses de estío al sur de las montañas me devuelve a casa en un parpadeo. Tiene usted razón, el extranjero siempre a cuestas con el impermeable que guarda la memoria de su tierra a salvo de otros lares que no son patria. Y volver… ¿Cómo era la España que le recibió? El retorno no tiene, tal vez, los filos de la partida, pero conoce mejor dónde arañar.

Yo pasaré la aduana pirenaica en vuelo regular, entrando en casa por la chimenea del tejado de nubes que cierra la patria en su parte superior. Su regreso, por tierra, visible, tangible, como su verso. Materialidad de un paisaje donde poder descansar la emoción. De nuevo La Mancha. Mancha de campos sin cultivo muertos de sed y de urbanismo que terminarán por desaparecer convertidos en ciudad, la ciudad de esta nueva era. ¿Qué sería de Don Quijote en este mundo de hoy? Civilizaciones de solitarios que persiguen la supervivencia enredados en una esquizofrenia tecnológica; maraña de anuncios de la finitud de un mañana escaso de tácticas contra su propia autodestrucción, que se confunden con más anuncios hacia vías de escape dirección el sueño eterno allá de otras conciencias. De repente, hilera de molinos que contornean sus aspas en una esbeltez lejos de la inmensidad de antaño, cuando la lucidez de una mirada podía desenmascarar su verdadera naturaleza: poderosos gigantes del incipiente desarrollo industrial.

Nacional 3, kilómetro 251: Albacete. Modestia impuesta ante la solemnidad del resto de piezas que conforman el matriarcado manchego, Albacete parece no ser más que un lugar de paso, a medio camino. Pero entonces su mirada, Azorín, que recorre el tablero de un mapamundi con su halo quijotesco como sola brújula. De, casi, costa Este a East Coast, cruzamos el Atlántico a lomos de su pluma a través de un túnel del tiempo donde el espacio se desnuda de apariencias. Su sueño americano destapa la realidad que se oculta tras las formas que la cubren. Tres, dos, uno: Nueva York se erige en la llanura. Desfile de maneras engalanadas de recato. Al descubierto, una grandeza recóndita, hierática, el Nueva York de La Mancha.

Este viaje es un puente hacia lo invisible edificado sobre las palabras con las que Azorín dibujaba aquel otro mundo que tanto ansiaba y nunca vería; búsqueda de la presencia, camuflada tras una estampa que despista al observador con la grandilocuencia de su estilo. En un intento de humanizar la virtualidad legada, aquí, el tránsito hacia el interior de dos ciudades que, una vez, alguien inventó la misma.

Paris, October 1936. Following the outbreak of war in Spain, José Martínez Ruiz ‘Azorín’ and his wife, Julia Guinda, moved to Paris. It was the longest writer’s stay outside his country. After the war, both of them were allowed to return, meaning the end of an exile that lasted until August 1939. Azorín never came out of Spain again. Only his imagination could visit those other places so far away from the one which he could not do without.

Seventy years later, I, by the Seine riverside, look for the city you didn’t want to see because of your homesick feeling. Today is August, and this cold insists on be called summer; but thanks to the memory of the heat in the south of the mountains, I’m back at home. You are right, the foreigner always carries the raincoat that keeps safe their land from others grounds. And come back… How was the Spain that welcomed you? Perhaps the return doesn’t have the edges of the leaving, but it knows better where to scratch.

I will cross the Pyrenees in a scheduled flight, entering the house from the clouds roof chimney that seals the country at the top. Your return, by land. Visible, tangible, as your word. A material landscape to lie down your emotion. And La Mancha, again. Mancha full of uncultivated fields about to disappear in the name of the thirst or the urbanism: the city. What would become of Don Quixote in this today’s world? Lonely civilizations who tries to survive in the middle of a technological schizophrenia; a close future without tactics against their own self-destruction; emergency exits towards an everlasting dream, beyond the invisible conscience.

National Route 3, km 251: Albacete. Imposed modesty due to the solemnity of the other pieces that make up the manchego matriarchy, Albacete seems to be just a point half-way down the path. But then your gaze, Azorín, which travels around the world map board with your quixotic halo as a compass. From, almost, Coast East to East Coast, we cross the Atlantic on the back of your pen through a time tunnel where the space strips off its appearances. Your american dream uncovers the hidden reality. Three, two, one: New York is built on the plain. Parade of decorated ways of modesty. A remote greatness comes to light: Albacete, the New York of La Mancha.

This trip is a bridge towards the invisible, built on the words with which Azorín drew his unseen and so beloved world. A search for presence behind a picture that misleads the audience with the grandeur of its style. In an attempt to humanize the virtual legacy, here, the transit towards two cities which someone invented the same, once.